El tortuoso camino para convertir el trauma en arte y memoria: los otros Valles de Cuelgamuros
Retrasos y controversias salpican la historia de monumentos de varios países en los que se que inspira el Gobierno para resignificar el antiguo mausoleo de Franco
El Gobierno lanzará en los próximos días un concurso internacional de ideas para que un equipo multidisciplinar de arquitectos, artistas, paisajistas e historiadores diseñe el nuevo Valle de Cuelgamuros, el antiguo mausoleo de Franco. El proyecto cuenta con un presupuesto de 30,5 millones de euros. Se trata de convertir el monumento, erigido por el dictador como una especie de pirámide para recordar eternamente su victoria en la Guerra Civil, en una suerte de maqueta del franquismo que sirva para homenajear a las víctimas y explicar la dictadura y sus características, como el nacionalcatolicismo, la simbiosis entre religión y política. Fuentes del Ejecutivo admiten que “no va a ser sencillo” aportar “una mirada democrática” al conjunto. Tienen en mente varios referentes en otros países con pasados traumáticos. Pero el tortuoso recorrido de algunos de esos edificios o memoriales hasta que finalmente vieron la luz pone de manifiesto las dificultades y controversias que levanta la llamada cultura del recuerdo. Estos son los ejemplos en los que se inspira el Ejecutivo.
La cronología desde que se empieza a hablar del monumento (1989) hasta que se inaugura (2005) da cuenta de las enormes dificultades que atravesó el proceso. Fue una periodista alemana, Lea Rosch, la que puso en marcha la iniciativa. En 1993, el Gobierno alemán, presidido por Helmut Kohl, apoyó la idea. En 1994, el Departamento de Construcción y Vivienda del Senado de Berlín lanzó un concurso de ideas, similar al que ha anunciado el Gobierno para resignificar el Valle de Cuelgamuros. Se invitó a 12 artistas a presentar un proyecto con una dotación de 25.000 euros a cada uno y posteriormente, hasta la primavera de 1995, recibieron 528 trabajos en total. Un jurado integrado por artistas, arquitectos, paisajistas, historiadores y políticos debía elegir la propuesta ganadora, pero les costó ponerse de acuerdo. Descartaron ideas que luego volvieron a recuperar a petición de algunos de los miembros del jurado y finalmente se decantaron por dos propuestas, pero ninguna de ellas gustó a Kohl. En ese momento, según recuerda la web del monumento, el proyecto entró “en una seria crisis”. En 1996 se decidió lanzar un nuevo concurso invitando a otros 25 arquitectos y escultores de renombre. Se organizaron tres coloquios para que expertos internacionales debatieran sobre el tipo de monumento y la mejor ubicación, lo que también provocó “grandes controversias”, según recuerda el apartado sobre la historia de este espacio. En esta segunda ronda del concurso, un jurado más reducido, de cinco miembros, se decantó por cuatro propuestas a finales de 1997. La opción favorita era un diseño conjunto del escultor Richard Serra —que luego se bajó del proyecto— y el arquitecto estadounidense de origen judío Peter Eisenman. En 1998, un grupo de intelectuales alemanes, entre ellos Günter Grass, escribió una carta al canciller oponiéndose al plan porque no les gustaba ni el emplazamiento ni las dimensiones que se barajaban. Ante el revuelo, Kohl decidió posponerlo hasta después de las elecciones. Finalmente, en junio de 1999, tras cuatro horas de debate y varias rondas de votación, los diputados votaron a favor del proyecto de Eisenman, al que hicieron introducir algunas modificaciones, fundamentalmente, incluir un museo o punto de información subterráneo bajo las 2.711 estelas de cemento de diversas alturas que ocuparían 19.000 metros cuadrados (el equivalente a dos campos de fútbol) en pleno centro de Berlín.
En la primavera de 2003 empezaron por fin las obras, pero surgió una nueva polémica cuando se descubrió que la empresa Degussa, proveedora de un líquido para tratar las estelas y evitar las pintadas, había estado implicada en la producción del gas con que se ejecutaba a las víctimas en los campos de exterminio nazis. Contratar a otra nueva empresa y deshacer el trabajo ya hecho suponía 2,3 millones de euros adicionales (el presupuesto total ascendió a casi 28 millones que pagó el Gobierno alemán) y decidieron continuar con Degussa. El monumento se inauguró en mayo de 2005, es decir, 12 años después de que Kohl accediera a la iniciativa ciudadana. Y las dudas llegaron hasta el mismo día de la inauguración. El presidente de la Comunidad Judía Alemana, Paul Spiegel, criticó en su discurso que la obra no planteaba el porqué del Holocausto y mencionaba a las víctimas, pero no aludía a los culpables. Sabina van der Linden, de 75 años, única superviviente de su familia, declaró, entusiasmada: “Ni en mis sueños más locos podría haber imaginado este día extraordinario. Aquí, en este mismo lugar, tras muchos años de controversias, disputas públicas y debates, y tras la Resolución del Bundestag, la visión de Lea Rosh y de quienes la rodeaban se ha hecho realidad. Y hoy me encuentro ante ustedes en la inauguración de este magnífico Monumento a los Judíos Asesinados de Europa y les doy las gracias”.
En abril de 2013 fue inaugurado, rodeado de polémica, este memorial dedicado a las víctimas de la violencia. Lo había promovido el presidente Felipe Calderón, pero no acudió a su inauguración. La obra se realizó sobre un terreno que usaba el ejército, denunciado en numerosas ocasiones en el país por violaciones de los derechos humanos, lo que desagradó a algunos familiares de los asesinados. Cuando se difundieron las primeras imágenes del proyecto (una sucesión de grandes láminas de acero con espejos), Movimiento por la Paz, la asociación de víctimas más notoria de México, anunció en rueda de prensa que se oponía al plan. Sentían que Calderón les había traicionado porque cuando empezaron a hablar del monumento, en junio de 2011, la idea era organizar encuentros entre artistas y familiares de los asesinados, no simplemente encargar un memorial, y se quejaban de que ni siquiera se había trabajado en un registro oficial de víctimas. El arquitecto catalán Miquel Adrià, que había colaborado con la asociación cuando empezaron a hablar del monumento, antes de desligarse del plan de Calderón, explicó en agosto de 2012 a EL PAÍS: “Un memorial solo tiene valor en la medida en que tiene significado”. El concurso lo ganaron finalmente los arquitectos Julio Gaeta y Luby Springall. El memorial abarca unos 15.000 metros cuadrados y en algunas de las láminas de acero hay citas sobre la violencia de autores anónimos o muy conocidos, como Octavio Paz: “Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. Al que se fue por unas horas y nadie sabe en qué silencio entró”.
“No podemos cambiar nuestro pasado. Sólo nos queda aprender de lo vivido. Esta es nuestra responsabilidad y nuestro desafío”, declaró la entonces presidenta de Chile, Michelle Bachelet, cuando el 11 de enero de 2010 inauguró en la capital el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos para recordar a las víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet. La propia Bachelet y su madre habían pasado por centros de detención, y su padre, general, murió en la cárcel tras ser torturado por sus compañeros. El centro fue una recomendación de las dos comisiones de la verdad que se constituyeron en Chile tras la recuperación de la democracia y además del recuerdo, buscaba instruir a las nuevas generaciones sobre el pasado traumático del país. El museo ocupa 5.500 metros cuadrados e incluye un mural con 1.200 imágenes de ejecutados y desaparecidos, la reproducción de una sala de tortura o un mapa que identifica con luces los más de 1.000 centros de detención que hubo en todo Chile. Criticar el centro le costó al historiador Ricardo Rojas en 2018 el puesto de ministro de Cultura. Apenas duró cuatro días en el cargo después de que se descubriera que se había referido al museo en estos términos: “Se trata de un montaje cuyo propósito, que sin duda logra, es impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar (...) Es un uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional”.
En abril de 2018 fue inaugurado en Montgomery (Alabama) el primer memorial de la campaña de terror que ejecutó a más de 4.400 negros en los siglos XIX y XX. En este caso, el proyecto había partido, en 2015, de la organización sin ánimo de lucro Equal Justice Initiative con el propósito de “animar a todo el país a conocer la verdad sobre la injusticia racial”. El conjunto abarca un museo que recorre 400 años de historia de esclavitud y persecución y un memorial con los nombres de las víctimas grabados en más de 800 placas de acero (una por cada condado donde tuvo lugar un linchamiento racial) y repartidas en casi 24.300 metros cuadrados. La obra se inspiró en el monumento al holocausto de Berlín y en el museo del apartheid en Johannesburgo. Del diseño se encargó otra organización sin ánimo de lucro, MASS Design Group, que desarrolla este tipo de proyectos en países con un pasado traumático. Tuvo un presupuesto de 18,5 millones de euros.
Durante años, diversos organismos y ONG promovieron la creación de un espacio de memoria para las víctimas de violaciones de derechos humanos en Colombia. En 2003, en pleno conflicto armado, empezó a gestarse el que sería el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, inaugurado finalmente en diciembre de 2012. El Ayuntamiento de la ciudad había asumido el proyecto en 2008. Se ubicó sobre un antiguo cementerio y 2.012 personas, familiares de desaparecidos, asesinados, secuestrados o víctimas de violencia sexual llevaron como símbolo puñados de tierra de cada rincón del país que se integraron con la tierra del antiguo camposanto, de 1827. Durante cuatro años, organizaciones de víctimas, académicos, artistas, gestores culturales, docentes dialogaron sobre el proyecto. Se pidió a la Sociedad Colombiana de Arquitectos que organizara un concurso para elegir el mejor diseño arquitectónico y entre 41 propuestas, se eligió la del arquitecto Juan Pablo Ortiz.