Domingo Cultural

Cuando España salió a pescar gangas de tecnología militar tras la Primera Guerra Mundial

El Gobierno encargó a un grupo de ingenieros del Ejército comprar material novedoso a buen precio y así lo hicieron. Pero su gran reto fue transportarlo, montarlo y hacerlo funcionar. Entre la épica y el esperpento, esta es la historia de los valientes de Retamares
  • Por: J.A. Aunión
  • 23 / Febrero / 2025 -
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Cuando España salió a pescar gangas de tecnología militar tras la Primera Guerra Mundial

Ingeniería militar años 20. Un soldado trabaja en un camión-taller.

El comandante Román Ingunza recorría a principios de 1922 uno de los campamentos británicos a los que había ido a parar todo tipo de material militar utilizado por los aliados durante la Primera Guerra Mundial, cuando se topó con unos aparatos de escucha que le llamaron la atención. Preguntó para qué servían exactamente y cómo se utilizaban y nadie supo explicárselo, así que, aunque tampoco está claro que el comandante lo supiera, los compró a un precio estupendamente bajo. Y no fue el único caso similar, según dejó escrito el general de brigada Juan Avilés Arnau, su jefe y el de toda la comisión encargada por aquellas fechas por el Gobierno español para recorrer Europa en busca de las gangas que el final de la Gran Guerra habían dejado tras de sí en forma de material de ingeniería castrense. “No debe extrañar, porque a tales campamentos o depósitos fue a parar casi todo el material, en sus infinitas variedades, establecido en los frentes y era punto menos que imposible mantener allí personal perito en todas las ramas de la técnica militar”, explica Avilés en el pie de página de uno de los tres artículos que publicó en la revista Memorial de Ingenieros en el verano de 1923.

En ellos detalla todo el proceso que, tras la compra entre otros de teleféricos y puentes móviles, lanzallamas, locomotoras, todo tipo de aparatos de radiotransmisión y hasta alguna estación meteorológica, se completó con una demostración experimental de uso en el Polígono de Retamares, a las afueras de Madrid, que se prolongó durante seis meses. Ahora, 65 fotografías tomadas aquellos días para documentar los trabajos han sido restauradas y digitalizadas por la Fundación Lucio Gil de Fagoaga, que conserva el legado del intelectual valenciano en su municipio natal, Requena.

España, que se había mantenido neutral durante la Primera Guerra Mundial y cuyo Ejército no se encontraba ni de lejos entre los más modernos y mejor dotados, decidió aprovechar la ocasión de hacerse con algunos de los avances que habían proliferado durante la brutal contienda. Así, la comisión encabezada por el general Avilés tenía el encargo de encontrar y adquirir material que fuera desconocido hasta ese momento, o que no se fabricase en España o que, aun fabricándose aquí, se pudiera comprar “a precios incomparablemente más bajos”. Todo el que pudieran comprar con unos 10 millones de pesetas, el equivalente más o menos —según la divisa de referencia que se tome para hacer la estimación— a entre 18 y 22 millones de euros de hoy, lo cual no parece mucho, teniendo en cuenta que el objetivo, más allá de la novedad, era conseguir “una cuantía suficiente para dotar a todas” las tropas. “Por encima de todas esas consideraciones y otras menos importantes, se mantuvo la decisión inquebrantable de comprar barato”, insiste Avilés.

No lo tuvieron demasiado fácil. Primero, porque las verdaderas gangas se habían acabado tiempo atrás, pues la guerra concluyó a finales de 1918: “La mejor época para comprar material en el extranjero fue la comprendida desde junio de 1919 a diciembre de 1920", explica Avilés. Pero también porque tuvieron que abrirse paso a través de una nube de fabricantes, gobiernos e intermediarios, lo que les exigió mucho estudio y mucho regateo: “Una espesa red de negociantes, con ramificaciones en todas o las más de aquellas naciones, ocultaban unas cosas, presentaban y ponderaban otras, exagerando su utilidad, y se obstinaban en elevar los precios”. Aun así, consiguieron en sus viajes a Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania e Italia una cantidad y variedad suficientes —los artículos no dan cifras exactas— como para dejar satisfechos a los promotores del proyecto. Palas inglesas a 37 céntimos la unidad, 2.000 depósitos termógenos (termos) de 14 litros a cuatro pesetas cada uno, estuches quirúrgicos nuevos a “la sexta parte o menos de su valor normal…”. Al final, de hecho, la compra no fue lo más difícil, sino el transporte de unos aparatos que no siempre estaban en las condiciones prometidas y el montaje de los miles y miles de piezas y componentes que hubo que reensamblar para su puesta en uso.

Numerosos especialistas extranjeros se desplazaron a Retamares para echar una mano —un montador italiano para los teleféricos, otro alemán para la pala de vapor, un francés para las excavadoras—, aunque no fue posible en todos los casos, por lo que también fue necesaria mucha imaginación, sobre todo cuando faltaba algún componente clave que había que sustituir con lo que se pudiera. Pero el gran problema fue que los encargados del transporte, ajenos a la comisión, lo fueron llevando como les pareció bien (algunas piezas clave estuvieron atascadas durante meses en el puerto de Santander) y, una vez en Madrid, los amontonaron en los caminos y explanadas del polígono de Retamares como Dios les dio a entender. Solo para ordenar el material de los teleféricos hizo falta un mes largo. La vía férrea, que tenía que ayudar en los trabajos y servir para probar las locomotoras adquiridas, no estuvo completa hasta cinco meses después de iniciada la misión porque las vigas para los viaductos habían llegado en los primeros viajes y se habían quedado sepultadas bajo todo lo que había venido después: “(…) se hallaban en las explanadas y campos inmediatos debajo de casi todo el material, a causa de haber llegado a Retamares mucho antes de que comenzara la demostración”.

Para completar la imagen, les propongo ahora que se detengan un momento a pensar en todos esos hombres —empezaron 140 soldados, que pronto se convirtieron en 250 y llegaron a 400— que, en mitad del invierno —el trabajo empezó en octubre de 1922 y terminó el último día de marzo de 1923—, ven que, además de todo eso, buena parte de los caminos han quedado inutilizados por las lluvias, las heladas y el trajín de unos camiones cargados hasta arriba por unas pistas que se hicieron pensando en vehículos de tracción animal. 

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