Me pregunto por qué, en menos de siete años, la ciudad de Torreón ha sido ya escenario de dos ataques escolares que han dejado víctimas mortales
Otra vez los mensajes: “Disparos en una escuela”. Otra vez las publicaciones en redes sociales: “Reportan ataque en secundaria”.
Otra vez un caso de violencia escolar en mi ciudad de Torreón.
Mi mente, y seguro la de muchos laguneros, regresó más de seis años atrás, al 10 de enero de 2020 y el tiroteo en el colegio Cervantes, cometido por un alumno de sexto de primaria. Ahora fue la secundaria 13 del ejido La Unión.
Como siempre sucede en estos casos, los rumores volaron más rápido que la información confirmada, pero poco a poco pudimos establecer los hechos. Los atacantes eran dos hermanos, exalumnos de la escuela, por lo cual se les permitió la entrada. No usaron armas de fuego, sino que las detonaciones que vecinos reportaron a la policía eran petardos. Entraron y atacaron a maestros y alumnos con machetes. La subdirectora de la escuela murió y otras cuatro personas, entre alumnos y maestros, fueron heridas. Uno de ellos se reporta muy grave.
Pero la mayor pregunta que tengo no es de un dato en particular, sino de una explicación. No sobre los motivos porque no quiero buscar explicaciones fáciles y rápidas, pues esto toma tiempo en aclararse. Me pregunto por qué, en menos de siete años, la ciudad de Torreón y la región de La Laguna, que presumen ser de las más seguras del país, han sido ya escenario de dos ataques escolares que han dejado víctimas mortales.
Hay diferencias importantes entre los del Cervantes en 2020 y el de la escuela secundaria 13 la mañana del 1 de octubre: en los agresores, la forma de agresión y los motivos. Pero ambos casos convergen al ser síntomas de una descomposición social.
El atacante del Cervantes era un niño de 12 años, alumno de la escuela, y usó dos pistolas propiedad de su abuelo, que pudo sacar de su casa. Los agresores en La Unión eran dos hermanos, gemelos fraternos (cuates) de 18 años, y atacaron con herramientas de más fácil acceso, como machetes y petardos, lo que nos dice que la posibilidad de un ataque así no es tan difícil de ejecutar.
José Ángel Ramos, el niño que disparó en el Cervantes y mató a una maestra e hirió a cinco alumnos y un maestro, terminó el ataque quitándose la vida con el último disparo que hizo. Los dos jóvenes de La Unión no iban con la intención de inmolarse.
Otra diferencia es que el niño del Cervantes no atacó a nadie en particular ni había sufrido acoso o bullying, y los atacantes de La Unión eran exalumnos, según las primeras versiones, que habrían tenido un objetivo particular. Un alumno relató que los atacantes irrumpieron gritando “¡Vamos por todas las mujeres!”, lo que obliga a considerar la hipótesis de una violencia de género o que los dos jóvenes eran parte de la cultura “incel”, o célibes involuntarios, incapaces de sostener relaciones de pareja, lo que lleva a la frustración y el odio.
Un perfil psicológico inicial apunta a que los hermanos tenían una búsqueda de pertenencia en un grupo social. Al estar detenidos, podrán echar más luz sobre su móvil, a diferencia de José Ángel, que se llevó a la tumba su motivación.
Esas son las diferencias, pero hay una poderosa coincidencia entre los atacantes: en ambos casos vemos alienación y abandono. José Ángel llevaba una existencia solitaria por la muerte de su madre y porque su padre estaba preso por tráfico de drogas, y se había aficionado a los videojuegos y a las armas y a leer literatura sobre Columbine, el tiroteo en una escuela de Estados Unidos en 1999 considerado el acto fundacional de las masacres escolares. En La Unión, los hermanos no estaban bajo la influencia de las drogas al momento del ataque, según los exámenes médicos, pero al menos uno de ellos había estado anexado en un centro de rehabilitación. La Fiscalía de Coahuila ya revisa sus redes sociales para conocer sus influencias y aficiones.
Este síntoma de descomposición social es importante porque ocurre a pesar de las diferencias en los entornos. José Ángel Ramos vivía en una familia de clase media alta, en una casa amplia, y asistía a una escuela privada. La secundaria atacada el jueves es pública y se encuentra en el ejido La Unión, una vieja comunidad rural que ha sido tragada por el crecimiento urbano de Torreón y se ha vuelto un enclave de marginación rodeado por algunas de las colonias más caras de la ciudad. En ambos lados son capaces de violencia, pero sus formas no encajan en moldes prefabricados para tener explicaciones fáciles. Sus formas son muy variadas.
También es importante porque apunta a un hueco enorme que se ha abierto en la vida de la Comarca Lagunera, la región de Coahuila y Durango donde Torreón es la ciudad más grande; las autoridades locales presumen que la ciudad está entre las más seguras del país. Efectivamente, La Laguna ha tenido una notable pacificación después de haber experimentado niveles brutales de violencia y crimen hace dos décadas. Pero la estrategia policiaca de seguridad pública que hizo posible eso no funciona para atacar otras formas de violencia: la doméstica, la de género, la que viene de la desintegración familiar o de las adicciones.
Entre enero y agosto de este año, las denuncias por violencia familiar aumentaron casi 6% respecto al mismo periodo del año pasado. Los feminicidios pasaron de 2 a 5. Y aunque no hay datos sobre adicciones o consumo de droga, un dato que nos puede dar indicios es el de las solicitudes de tratamiento por salud mental en el Centro de Integración Juvenil de Torreón. En lo que va de 2026 ya aumentaron 10% respecto a todo 2025.
Cierto, ya no tenemos balaceras en las calles ni cuerpos arrojados a las banquetas o colgados de puentes. Ni olas de asaltos o secuestros con armas largas a plena luz del día. Pero tenemos más casos de violencia familiar y ya dos ataques con víctimas mortales en escuelas, uno de los lugares donde más seguridad deben sentir niños y adolescentes. Dudo mucho que los alumnos de la Secundaria 13 se hayan sentido muy seguros en la mañana del jueves.
Tanto en el Cervantes como en La Unión, los actos de violencia fueron puestas en escena, montaje de espectáculo. José Ángel Ramos lo hizo vistiéndose como uno de los atacantes de Columbine. Los hermanos de la secundaria 13 ejercieron una saña indescriptible con sus machetes para provocar un literal baño de sangre.
Estos montajes son característica común de estos hechos y se replican porque los atacantes los conocen en las redes sociales. La influencia de estos contenidos en la juventud parece cada vez más poderosa y lo será aún más si caen en mentes que se sienten solas o abandonadas. Es decir, lamentablemente, esto volverá a suceder.



