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El hombre que con terca serenidad cambió a México

El hombre que con terca serenidad cambió a México

Actualizado: 29 de Octubre, 2026, 10:07 PM

Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano cambió a México a fuerza de ser fiel solo a sí mismo, y de esa manera escapó a vivir en la sombra del presidente más venerado del siglo XX. El ingeniero, como tanta gente le llamó en la política, ha fallecido a los 92 años, dueño de sus cuidadas declaraciones, de su compromiso por el cambio y de la terca serenidad con que abrió la democracia a partir de los años ochenta.

La tuvo difícil desde la cuna. ¿Quién tiene garantía de lograrse bien tras nacer en Los Pinos justo cuando cobraba fuerza la figura presidencial de su padre, el general Lázaro Cárdenas del Río, quien con una mano se esforzaba por cumplir las promesas de la Revolución al tiempo que con la otra pulverizaba el maximato? Su progenitor se volvió el Tata de un pueblo, y para él una imagen que lo guió sin opacarlo.

El recorrido de Cárdenas es de los que saben esperar sus tiempos. Tuvo dos escuelas, a la vera del General nutrió el compromiso con la causa popular. Siguió los pasos del expresidente que hasta su muerte trató de aportar en la agenda progresista. Y al mismo tiempo hizo la ruta del sistema priista: senador de la República, gobernador de Michoacán… En los ochenta, el giro neoliberal le reclamó decisiones.

Cárdenas supo entender que las crisis del sistema priista demandaban mucho más que una nueva receta económica, que sin deliberación interna el régimen podría modernizarse, pero no necesariamente cumplir su ya de por sí gastada promesa de justicia social. Ni a él ni a esos que luego fueron conocidos como la Corriente Democrática les quisieron prestar oídos. Para el PRI todo menos perestroika o glasnost.

En torno suyo comienza a orbitar la idea de que una oposición ajena a las derechas es viable, que el nacionalismo no está condenado, que la izquierda puede cuajar justo en la nación al sur de Estados Unidos. Romper es el paso inicial que abre toda una nueva era: si antes muchos se rendían a eso de que el sistema solo podría ser cambiado desde dentro, Cuauhtémoc demuestra que hay vida fuera del PRI.

Se convierte en el candidato rumbo a 1988 no por ambición personal, sino por responsabilidad frente a las condiciones históricas. “Era una condición de lucha, era una condición de seguir tratando de abrir camino”, le dijo Cárdenas a James R. Fortson* una década después sobre el cómo asumía en 1987 las consecuencias de haber demandado al PRI deliberación para elegir candidato presidencial.

Su misión tuvo eco en una sociedad harta del autoritarismo y la corrupción. Removida por los estragos del terremoto de 1985, la ciudadanía reconoció en Cárdenas el compromiso con valores que el sistema priista no se cansó de devaluar. Es eso, mucho más que el apellidarse como el Tata, lo que hizo que en la campaña del 88 reviviera el mito cardenista, como en el histórico mitin en La Laguna.

Cinco décadas después, Cárdenas quebró el modelo que su padre había ayudado a edificar. Los nuevos tiempos requerían ajustar el método sin olvidar los objetivos, era su creencia. El PRI se resistió y el 6 de julio de 1988 terminó por caer el sistema, así tardará aún doce años en sucumbir del todo, periodo en que de nueva cuenta el ingeniero sería en otras dos ocasiones candidato presidencial.

“El rasgo más firme, el más claro y preciso de la actitud de Cárdenas en la política, es su autenticidad”, escribió de él en 1995 Adolfo Aguilar Zinser**, su vocero en la campaña de 1994, frustrado intento por repetir la hazaña del 88, fecha en la que quedará para siempre la duda de los resultados si se niegan a contar más verdad sobre esa elección protagonistas como Carlos Salinas de Gortari y Manuel Bartlett.

Con esa autenticidad no tuvo empacho en encarar las versiones de que en la elección en que enfrentó a Salinas de Gortari, marcada por el famoso apagón del conteo la noche de los comicios, se arredró y no fue capaz de ordenar el asalto al poder: “En momentos de irritación y de euforia colectivas, podía haberse lanzado a la gente contra edificios o sitios simbólicos, como el Palacio Nacional en alguna de las grandes concentraciones en el Zócalo”, escribió Cárdenas en 2010 en sus memorias Sobre Mis Pasos***, “Quien lo hubiera hecho habría cometido no solo un acto de inmensa irresponsabilidad, sino un verdadero crimen, pues se hubiera pagado un altísimo costo en sangre y represión, y sin un movimiento preparado y bien articulado en todo el país, que no existía, solo se hubiera logrado, además de una masacre en el sitio mismo, tener un régimen más arbitrario y represivo que el que se tuvo, y se hubiera perdido, al menos por un largo periodo, la posibilidad de impulsar la organización política de la gente, las reformas constitucionales y legales y los cambios en el ambiente político que se han logrado a partir de 1988”.


Ese temple ha de ser acreditado no solo porque evitó un baño de sangre, para nada una metáfora luego de cientos de cardenistas asesinados en un intento de intimidación, sino porque gracias a él, a los pocos meses del fraude del 88, nació el Partido de la Revolución Democrática, instrumento cardenista que cerró la pinza para derrotar al PRI en el 2000 y origen del actual obradorismo.


“Dos son a mi juicio las principales características de Cuauhtémoc Cárdenas: la dignidad y la obstinación. En un medio de políticos acomodaticios, él ha sabido actuar con firmeza”, dijo de él Humberto Mussachio, periodista enciclopédico de México en la citada obra de Fortson.


Esa obstinación que mostró para salir con dignidad de cada una de las aventuras políticas que emprendió habrá que tenerse muy en cuenta en estas horas y días en que la vida del ingeniero será explotada por el actual régimen para de colgarse de su figura a fin de justificar desaciertos morenistas que no son sino tropelías por falta de honestidad política, y para nada un costo de “cambiar” de régimen.


“Tengo la intención de mantenerme activo en la política”, dijo en sus citadas memorias de 2010, “impulsando desde las trincheras a las que tenga acceso y en las oportunidades que se me presenten, las causas con las que he hecho un compromiso personal: el rescate hasta lograr el ejercicio pleno de la soberanía, el aprovechamiento del petróleo y los recursos energéticos para fortalecer la soberanía del país y mejorar sostenidamente el bienestar de la población, profundizar y expandir nuestra democracia,…”.


Tres lustros después de esas promesas, la noticia de su muerte sacude a las y los mexicanos que descontaban que, como desde hace décadas, el ingeniero seguía por ahí, incansable en su lucha por cambiar México, la nación a la que con su terquedad —no exenta de ensimismamientos y errores estratégicos— le abrió más de una vez nuevos y prometedores horizontes.