Una senadora de cartas viejas en la izquierda ya no se da cuenta de que se volvió como López Portillo
Un hurra por Malú Micher que se atrevió a decirlo. Eso es honestidad valiente y no pedazos. ¿Para qué se hace una revolución sino para reclamar que toda empresa acate que hay patrón nuevo? ¿De qué sirve ser legisladora si un empleado, todo sonrisas, te dice que aquí tu fuero vale dos centavos, tu charola no brilla y tu pase de abordar no te da derecho ni a una agüita gratis? Este agravio no se queda así: la Cuarta Transformación va.
La senadora Micher nos representa muy bien. Queremos privilegios o nada. Que las reglas no nos apliquen, que nos libren del mal de estar cerca de la clase turista. Ya llegó la defensora de las víctimas, pero no de las de la violencia de género, ni de las discriminadas por ser de pueblos originarios, menos aún de las despedidas por abusivos patrones. Nada. Aeroméxico es el villano mayor y Malú nos vengará.
Ave Malú. Qué bien sigues la estela de Fernández Noroña. Qué es la tribuna del Senado sino el patíbulo para mandar traer, éste a un ciudadano que lo increpó en otra sala VIP, tú al directivo de la aerolínea insignia del país. ¿Quién quiere hacer comparecer a Zoé Robledo por carencias en el IMSS si se puede, con el chasquido de un tuit, advertir urbi et orbi a Aeroméxico que se metió con una obradorista?
En eso anda la transformación. Una senadora de cartas viejas en la izquierda ya no se da cuenta de que se volvió como López Portillo, quien, cuenta la leyenda, tras salir de Los Pinos tuvo durante demasiado tiempo el pavloviano reflejo de detenerse ante las puertas, en la creencia de que un estado mayor, o un sirviente, le evitaría la humana fatiga de tirar de la manija por sí mismo. El sueño de Malú.
Con cuántos gestos cotidianos se cultiva esa distancia de la realidad que llevó a Malú Micher, en cargos populares desde los noventa, no a molestarse porque las nuevas reglas le dejan fuera de la sala VIP de Aeroméxico, sino a no entender que publicar eso te convertirá en la más reciente caricatura del movimiento que se suponía blindado contra el aspiracionismo. ¿Lo que te choca que checa?
Que los impuestos de los ciudadanos sirvan para que los boletos de los legisladores acumulen muchas millas a fin de que les garanticen acceso a salitas con sandwichitos y café, refrescos y cervezas gratis, es una cosa muy digna de elevar a la Constitución. Qué bueno que todo lo demás en el país está resuelto. Por tanto, que ha hecho la mayoría desde 2018, el VIP ha de pintarse de guinda. Se verá rechulo.
Así es el segundo piso de la transformación. Una letanía mañanera de una lideresa que cuida lo impecable de su sobrio proceder, al tiempo que la tropa vive convencida de que o esta transformación les hace justicia en todo y siempre, o no valieron de nada los años de buscar que hubiera un cambio de élite. Porque de eso se trató, hoy lo sabemos, el juego: no era que se fueran los abusivos, era sustituirlos.
Tiene su ironía que el affaire Micher ocurra justo en el AICM. Nuestro achacoso Benito Juárez, siempre a punto de parecer una terminal aérea presentable, siempre acabando por dar vergüenzas. Se canceló el otro aeropuerto, se hizo el AIFA, espacioso, más fantasmal, pero Malú prefiere la Terminal 2, hoy atascada de tiendas y comercios, uno más caro que el otro, uno más rebosante que el anterior.
Sortear el AICM es, en efecto, una prueba de obstáculos. Los marinos a cargo del aeropuerto más importante, para nada el más funcional, de México terminaron por homenajear ese pasado que tanto ensalza la presidenta. Bien por la Armada; un premio a quien les haya diseñado este sincretismo de boutiques de caras marcas con un caos propio de tianguis de los martes. Todo tan mexicano, todo tan nosotros. Pongan un ajolote, o peor (en este ejemplo nunca se podría decir “mejor”), un alebrije.
Tanto se parece el Benito Juárez a cualquier día en la CDMX que lo único lógico es lo que intentó Malú Micher: salvarse, como quien se muda a un coto de altos muros y caseta de vigilancia; aislarse, como todo aquel que apenas puede desembolsa la cuota para usar la fila de acceso anticipado; alejarse de la gente común, tan molesta y ruidosa que no tiene consideraciones con los senadores que los representan.
¿Hay algo más poético en el México del obradorismo que una legisladora guinda quejándose de que no le permiten alejarse del espacio común, del pasillo público? Sugerencia para la agenda parlamentaria. Que una comisión dictamine una iniciativa para que todos los apruebaleyes que estén transformando a México tengan, en cada aeropuerto del país, una salita con masajes y Netflix. Mínimo.
Y que se conozca esa ley como ley Malú, la única que lo dijo con todas sus letras: por qué Aeroméxico no atiende ni entiende los esfuerzos de cada integrante del oficialismo por sacar de la pobreza a los pobres, por qué no premia con unas alitas y micheladas ese sudor derramado. Malú para presidenta porque ha entendido que en solo ocho años lo que había se acabó. No son iguales, son requeteiguales y exigen su VIP.



