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El ataque empieza antes

El ataque empieza antes

Actualizado: 06 de Octubre, 2026, 07:36 AM

La mañana del 1 de octubre, dos hermanos gemelos de 18 años, exalumnos de una secundaria en Torreón, entraron al plantel armados con machetes y petardos. La subdirectora perdió la vida y varias personas resultaron heridas ante el ataque de “los cuates”. Un día antes, en Querétaro, un estudiante de 13 años había atacado con armas blancas a cuatro personas dentro de otra secundaria.

Dos hechos en dos días no alcanzan para hablar de una epidemia de violencia escolar, pero sí justifican una pregunta mucho más útil que la búsqueda inmediata de culpables: ¿qué ocurre antes de que alguien decida atacar?

No toda violencia se produce de la misma manera. Existe una violencia reactiva, que surge a partir de una discusión, una provocación o una frustración y puede escalar en cuestión de segundos. Pero existe también una violencia instrumental y predatoria que necesita tiempo para desarrollarse. En ella, la agresión deja de ser solamente una reacción y comienza a convertirse en una decisión.

Quienes estudiamos la gestión de amenazas hablamos de un “camino hacia la violencia”. No es una fórmula matemática ni una secuencia que necesariamente se repita en todos los casos, pero ayuda a comprender cómo ciertos ataques pueden evolucionar desde un agravio o resentimiento hasta la ideación, la planeación, la preparación y finalmente la acción.

La diferencia es importante porque, cuando existe un proceso, también existe tiempo. Y ese tiempo puede generar oportunidades de intervención.

Una persona que planea un ataque necesita pensar cómo hacerlo, buscar información, identificar objetivos, conseguir medios, estudiar accesos o ensayar posibilidades. En algunos casos también comunica parcialmente sus intenciones, comparte fantasías violentas, manifiesta fijación con ataques anteriores o deja rastros de lo que está preparando.

Ninguna de esas conductas, observada de manera aislada, convierte a alguien en un agresor. Millones de adolescentes atraviesan periodos de enojo, aislamiento, resentimiento o frustración sin ejercer jamás violencia. Tampoco existe un perfil físico, psicológico o social que permita señalar con certeza quién atacará y quién no.

La gestión profesional de amenazas no consiste en buscar al muchacho “raro”, al introvertido, al conflictivo o al que publica cosas incómodas. Consiste en observar conductas y preguntarse si existe una progresión.

¿Ha expresado una amenaza concreta? ¿Habla reiteradamente de vengarse o matar? ¿Investiga ataques anteriores? ¿Busca armas o medios para causar daño? ¿Ha identificado objetivos? ¿Prueba accesos o vulnerabilidades? ¿Existe una distancia cada vez menor entre lo que dice y lo que hace?

Una señal puede no significar gran cosa. Varias, colocadas en contexto, pueden empezar a dibujar un patrón.

Eso es precisamente lo que muchas instituciones todavía no saben hacer bien. Las escuelas suelen concentrarse en qué hacer cuando comienza una agresión: alarmas, protocolos, repliegues y simulacros. Todo eso es necesario, pero pertenece a la segunda mitad del problema.

La prevención comienza antes. Empieza cuando un compañero, maestro o padre de familia observa algo preocupante y existe un mecanismo claro para reportarlo; cuando alguien sabe cómo documentarlo, quién debe evaluarlo y qué tipo de intervención corresponde. No se trata de criminalizar a un adolescente por una conducta extraña, sino de evitar que señales relevantes se pierdan entre la indiferencia, la burocracia o la idea de que “seguramente no es nada”.

En el caso de Torreón todavía falta conocer con precisión qué ocurrió antes del ataque y cuáles de las versiones que circulan terminarán confirmándose. Sería irresponsable llenar esos huecos con especulaciones.

Pero la pregunta permanece.

Cuando aparece el machete, la etapa preventiva fracasó.

Lo importante es aprender a reconocer lo que puede ocurrir antes.

POSTDATA – El fin de semana fui al cine a ver DIGGER. Me gustó mucho. Es una gran película.