Columnas - Vanessa Romero Rocha

Consulados mexicanos: sin posibilidad de defensa

  • Por: VANESSA ROMERO ROCHA
  • 14 MAYO 2026
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Consulados mexicanos: sin posibilidad de defensa

“Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”.

Así comienza El Proceso, de Franz Kafka: la historia de un hombre arrastrado ante un tribunal, acusado de cualquier delito impreciso y sometido a un sistema donde la defensa no existe.

Hoy, la amenaza sobre la red consular más grande del mundo —los 53 consulados de México en Estados Unidos— evoca el nebuloso destino de Josef K. La diplomacia mexicana se enfrenta a un imposible enredo político que volverá a ser narrado como asunto legal.

El germen de este proceso es un dislate. El futuro de nuestros consulados en suelo gringo nacerá del huevo de la temeridad. El Departamento de Estado de los Estados Unidos, alentado por figuras como Peter Schweizer —un escritor de derechas inclinado a las teorías conspirativas—, ha persuadido a Donald Trump de que los diplomáticos mexicanos promueven protestas en su contra y colaboran con los demócratas para usar a los migrantes como armamento o blasón.

Washington tomará los delirios del libro de Schweizer como premisa mayor de una nueva cacería.

Si bien es cierto que la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares impone a los representantes extranjeros la obligación de no inmiscuirse en los asuntos internos del Estado que los recibe, una transgresión de semejante magnitud —que los consulados hagan proselitismo— exigiría un mínimo estándar probatorio. Un puñado de evidencia. Algún guiño a la realidad. Pero nada de eso. Lo mismo que en el caso de Rocha Moya, Washington será indiferente ante la justicia y a cualquier pretensión de verdad; le bastará con construir un pretexto. Y en los consulados mexicanos lo encontrará.

La ofensiva contra nuestras sedes diplomáticas confirmará aquello que los terraplanistas negaban: el caso de Rubén Rocha nunca respondió a la pasión de Trump por la justicia. Era, más bien, un peldaño más en la lenta y calculada escalada política en nuestra contra.

¿Cuál escalada? Esta escalada: de aterrorizar a nuestros migrantes, el mandatario avanzó al comercio y a las disputas arancelarias; después dirigió sus señalamientos contra políticos mexicanos en funciones y ahora las proyecta sobre las oficinas consulares de México en el extranjero.

El problema fundante de esta nueva —quiero decir continuada— crisis diplomática ha sido mencionado: se edifica sobre la más pura de las paranoias. Pero hay más.

Pienso, por ejemplo, que aun teniendo nuestro país la razón de su lado, nuestros consulados carecen de toda posibilidad real de defensa. Según el tratado aplicable, la existencia de cualquier sede diplomática depende exclusivamente de la voluntad del Estado receptor. Peor aún, la convención concede al Gobierno estadounidense la facultad de declarar a cualquier cónsul o diplomático como persona non grata y exigir su salida sin estar obligado a revelar los motivos de su decisión.

La profecía de Peter Schweizer podrá ser una que se cumpla a sí misma. Bastará con retirar el consentimiento estadounidense para forzar el cierre de cualquier sede consular sin necesidad de probar ante autoridad alguna el supuesto activismo del que se les acusa.

Así, si la Casa Blanca decide convertir a los consulados mexicanos en el siguiente capítulo de su cruzada contra México, ninguna prueba será requerida.


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