Columnas -

Cerrarnos la llave del gas, ¿‘really’?

  • Por: EUGENIO HERRERA
  • 16 MAYO 2026
  • COMPARTIR
Cerrarnos la llave del gas, ¿‘really’?

Actualmente, México importa de Estados Unidos alrededor del 70–75% del gas natural que consumimos, y ese combustible genera entre 60% y 65% de nuestra electricidad. Esto ha sido posible gracias a la red de gasoductos transfronterizos desarrollada en años recientes por empresas como Sempra, TC Energía, Carso y Energy Transfer, entre otros, con el anclaje financiero y estratégico de la Comisión Federal de Electricidad (CFE). México es el principal mercado externo del gas texano por ducto.

Ahí aparece un elemento que suele pasar desapercibido. Una parte importante de ese gas está asociada a la producción de petróleo crudo, particularmente en la cuenca pérmica. Es decir, no se trata solamente de gas producido para venderse como combustible, sino de un subproducto inherente al auge petrolero estadounidense. Conforme aumenta la extracción de crudo, también aumenta el volumen de gas asociado que debe evacuarse.

Es decir, se le tiene que dar salida y cuando no existen suficientes opciones las alternativas son limitadas: quemarlo, ventearlo a la atmósfera o reducir producción petrolera. En la práctica, la expansión de ductos hacia México se convirtió en una solución estructural para aliviar esos cuellos de botella y sostener el crecimiento energético de Texas.

Por eso el punto central del debate suele estar incompleto. México no es solamente un cliente; también funciona como una válvula de equilibrio para el sistema energético texano. La infraestructura transfronteriza permite absorber gas asociado, monetizarlo y evitar restricciones operativas que terminarían afectando la producción de crudo en Estados Unidos.

Si ese flujo se interrumpiera, las alternativas tampoco serían sencillas para Estados Unidos. Podría saturarse el mercado doméstico, incrementarse la quema de gas o intentarse redirigir esos volúmenes hacia exportaciones de gas natural licuado (GNL). Pero esta última opción tiene límites en el corto plazo. La capacidad de licuefacción estadounidense es finita, opera cerca de sus máximos en distintos periodos y requiere inversiones multimillonarias y años de expansión para aumentar capacidad.

Además, aunque Estados Unidos exporta mucho más gas vía GNL en términos globales, el mercado mexicano cumple una función distinta dentro de su sistema energético. El gas enviado a México permite absorber de manera continua parte importante de los excedentes asociados a la producción petrolera en Texas y la cuenca pérmica. No son mercados fácilmente intercambiables en el corto plazo.

Sin México como destino, el sistema enfrentaría un exceso de oferta difícil de recolocar, con efectos previsibles: presión a la baja en precios regionales, mayores episodios de quema de gas y presión creciente sobre la economía de la producción petrolera.

También existe un incentivo económico evidente. Las exportaciones hacia México representan volúmenes cercanos a 7–7,5 mil millones de pies cúbicos diarios, equivalentes a ingresos aproximados de 12.000 millones de dólares anuales, dependiendo de precios regionales en Texas. En hubs como Waha, en el oeste texano, los precios han llegado incluso a niveles negativos. Exportar a México no solo genera ingresos; también evita pérdidas y ayuda a estabilizar el sistema.

A esto se suma un componente industrial relevante. El acceso al gas natural más barato del mundo ha permitido mantener costos eléctricos competitivos en México, fortaleciendo cadenas manufactureras integradas bajo el TMEC. En otras palabras, parte de la competitividad industrial norteamericana también descansa sobre esta integración energética.


Continúa leyendo otros autores