Abrazos, no balazos: su aplicación literal

Para golpear la imagen de Andrés Manuel López Obrador, cualquier pretexto es bueno. Ante todo mal, los vencidos dibujan su silueta. Si el objetivo es erosionar el legado del Macuspano, no dudarán en invocar los rayos y las centellas. Esta semana, el abatimiento del Mencho fue el nuevo pretexto. Los detractores de López Obrador vitorean hoy a Sheinbaum mientras depositan en aquel la suma total de todas las culpas. Como si aquel hombre nos hubiera precipitado a este sitio sombrío. Como si “abrazos, no balazos”, hubiera sido —en lugar de eslogan— política pública de aplicación literal. Así de tosco es el nuevo embate.
No ha transcurrido tanto tiempo —apenas unos meses desde que López Obrador dejó la Presidencia— y sus detractores ya ensayan una forma de engañarnos: intentan reescribir lo que ocurrió. Persuadirnos de que el pasado fue distinto de lo que vimos. Pero no. López Obrador no bajó los brazos ante el crimen organizado y tuvo éxito en detener el crecimiento de la violencia letal. No importa cuántas veces nos digan lo contrario. El león —es decir, el primer piso de la Cuarta Transformación en materia de seguridad— no es como lo pintan. Ofrezco aquí un retrato más cercano del felino. Arranco aclarando que la retórica de “abrazos, no balazos” no nació con Andrés Manuel López Obrador. Se trata de un antiguo lema pacifista —primo hermano de “hacer el amor y no la guerra”— que resonó durante los años de la Guerra de Vietnam.
El expresidente, tomando de su tradición crítica del intervencionismo estadounidense que arrastra desde su formación en Villahermosa, comenzó a emplear la consigna hacia 2012. La frase constituía un cuestionamiento verbal a la falta de estrategia con la que Felipe Calderón decidió enfrentar al crimen organizado. El eslogan de López Obrador era, en ese sentido, una reacción frente a la guerra contra las drogas que Calderón erigió, de manera sorpresiva, como eje de gobierno para legitimarse. E iba aún más lejos. Con la frase “abrazos, no balazos”, Andrés Manuel insinuaba que su concepción de Estado era más completa y estructural que la de su adversario panista.
Con ella implicaba que la inseguridad no podía disminuirse únicamente mediante el uso de la fuerza, sino mediante la corrección de aquello que la engendra: la desigualdad. El tiempo le dio la razón. La reducción histórica de la desigualdad durante su sexenio provocó que, hacia el final de su mandato, la violenta curva de homicidios dolosos heredada del periodo de Peña Nieto comenzara a bajar. Por ello, es posible y comprobable afirmar que durante el gobierno obradorista disminuyó la desigualdad y —de la mano de políticas de seguridad— la tasa de homicidios se contuvo.
El pacto funcionó y cimentó el primer piso. Negar la existencia de políticas de seguridad durante el sexenio de López Obrador implicaría desconocer hechos verificables: operativos de alto perfil como la captura de Ovidio Guzmán o la detención de Rafael Caro Quintero. También requeriría pasar por alto la creación de la Guardia Nacional: institución surgida a partir del reconocimiento del expresidente del poder de fuego de las organizaciones criminales. Por último, también es justo señalar que lo realizado por Andrés Manuel López Obrador en materia de seguridad trasciende lo que puede consignarse en una gráfica. Su presidencia procuró —y en buena medida logró— recomponer un vínculo erosionado: el tejido entre Gobierno y gobernados que durante años padeció desgarrado por la desconfianza mutua.



