Columnas - Alejandro Alemán

“The Devil Wears Prada 2”: ya no hay nada que romantizar

  • Por: ALEJANDRO ALEMÁN
  • 03 MAYO 2026
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“The Devil Wears Prada 2”: ya no hay nada que romantizar

El mundo era completamente distinto cuando, el 30 de junio de 2006, estrenó "The Devil Wears Prada".

La guerra con Irak seguía y no terminaría sino hasta cinco años después, la popularidad de George Bush iba en picada, Obama llegaría a la presidencia tres años más tarde, faltaba justo un año para que saliera el primer iPhone (29 de junio de 2007), Instagram aún no existía y faltaba menos de un mes para que naciera Twitter (15 de julio de 2006).

Un estudio del Pew Research Center publicado en 2006 se preguntaba si aquel año era el inicio del fin del periodismo impreso. El estudio anotaba que los periódicos empezaron a despedir periodistas en grandes cantidades (60 en el NYT, 85 en el LA Times). Las revistas comenzaban a sufrir también. "Newsweek" inició su estrepitosa baja en ventas y, ante la crisis, las empresas editoriales mutaron a "plataformas multimedia".

En contraste, el "september issue" de "Vogue" en 2006 tenía 754 páginas, 70% de ellas con publicidad. La actriz Kirsten Dunst aparecía en portada, vestida como María Antonieta, como parte de la promoción de la película del mismo nombre, dirigida por Sofía Coppola. Una gran cinta que nadie vio.

La crisis parecía estar en todos lados, menos en el mundo editorial de la moda.

La primera "The Devil Wears Prada" tenía un final poderoso y en apariencia definitivo. Andy (Anne Hathaway) se daba cuenta que poco a poco se estaba convirtiendo en Miranda (la poderosa Meryl Streep) y decide bajarse de aquel tren llamado Runway (Vogue, en realidad) para ir a perseguir su sueño: ser una destacada periodista. En el camino también manda al diablo a su estúpido novio (que no puede con el hecho de que su mujer tenga un trabajo demandante, importante y fashionista), y hasta al amante, que resultó ser un operador en contra de Miranda (la lealtad ante todo).

El primer obstáculo para hacer la secuela era justo ese final tan perfecto. ¿Cómo iban a reunirse Miranda y Andy habiendo una zanja tan amplia entre ambas? La guionista Aline Brosh McKeena (la misma de la cinta original y responsable del guion en cintas como 27 Dresses y Cruella, ugh) no solo encontró la vía de esta reunión que parecía imposible, sino que en el camino dotó a esta secuela de una subtrama que por momentos la hace mucho más interesante e importante que su predecesora: la crisis del periodismo, de los impresos y en concreto, de las revistas.

Así es, "of all places", "El Diablo Viste a la Moda 2" es una película que habla sobre la crisis del periodismo, sobre la muerte de los impresos, sobre cómo ya nadie lee y sobre cómo un personaje como Miranda Priestly no puede existir en la era de la cancelación.

Esto pone a la secuela en otro nivel con respecto a la original, y la convierte por momentos en una película mucho más interesante que su predecesora.

Han pasado 20 años desde que Andy abandonó a Miranda en París. Finalmente ha cumplido su sueño: ahora es una respetada periodista que trabaja en un periódico importante, incluso ha recibido premios por sus reportajes. Y es justo durante una premiación que se entera -por mensaje de texto- que la han corrido, no solo a ella sino a muchos de sus colegas del periódico. Se trata de una purga que recuerda lo sucedido a inicios de año en el Washington Post.

En Runway (la revista de moda más importante del mundo y de la que aún está a cargo de Miranda Priestly) las cosas no van mejor: un recién publicado artículo ha recibido la "funa" colectiva de todo el internet, quienes hacen de Miranda (no lo puedo creer) un meme. El escándalo pone en alerta a los anunciantes y alguien tiene la idea de contratar a una reportera, no solo para redactar un texto de disculpa, sino para elevar el nivel de los reportajes en la revista.

No necesito explicar que, gracias al dios del guion, Andy regresará a Runway con la misión de hacer mejor periodismo en aras de limpiar la imagen de la revista, una revista cuya existencia es mera necedad de Miranda, quien se niega a aceptar la triste verdad de que ya nadie lee, de que todo lo que importa son los clicks, los likes y los views. "Hacemos artículos para que los lea la gente mientras está sentada en la taza de baño" dice con su particular acidez Nigel (Stanley Tucci, fantástico como siempre) quién acepta con desesperación silenciosa el hundimiento del barco, uno en el que ha permanecido durante ya más de 20 años.

La plausibilidad de este mecanismo del guion para reunir a todos nuestros viejos conocidos podrá ser criticado, incluso calificado como artificial, pero no hay que negar que la película muestra una inquietante plausibilidad al reconocer que hoy día una revista como Runway (como Vogue) es más un capricho de un nicho que un negocio. Si antes la "Vogue" podía editar revistas de 800 páginas, hoy se editan tan sólo ocho números al año, y con mucho menos de 200 páginas.

La película por momentos refleja con verosimilitud la angustia que viven (¿vivimos?) los periodistas que prefieren escribir antes que ceder a la alternativa del mercado: convertirse en influencers "creadores de contenido". Los espacios se cierran, el oficio cada vez está más precarizado, los empleos se pierden con facilidad porque lo que importa a los editores es "mover la aguja".

La audacia de este aspecto del guion es de hacerse notar. A diferencia de la primera película -basada en la novela original homónima, escrita por Lauren Weisberg-, esta secuela no está basada en material previo, por lo que la guionista, Aline Brosh McKenna, va sin red de seguridad, pero también va libre para reflejar la realidad en una película cuya primera parte habría sido acusada de romantizar a los medios. Bueno, aquí la cosa va tan mal que ya no queda nada por romantizar: Miranda ya no puede hablarle fuerte a sus empleadas, ya no puede aventarles el saco (¡se enojan los de RH!) y, -no lo puedo creer- ahora tiene que viajar en "economy" y no en primera clase.

"El Diablo Viste a la Moda 2" anota muchos jonrones pero también deja pasar muchos tiros. Hay un serio déficit de "one-liners" memorables, por momentos el personaje de Miranda parece traicionado por un guion que le baja de 11 a 7 en su intensidad autoritaria (no sea que nos cancelen), y lo peor es que hacen de Emily (Emily Blunt) una absurda caricatura del personaje que era en la anterior película, aunque su función en esta secuela es la de hacer mofa de cierto empresario y de su nueva esposa. El guion privilegia la crítica por encima de sus propios personajes.


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