Debo reconocer que, desde su elección, estoy muy al pendiente de lo que hace y dice el Papa Leo XIV. Será porque vi la película “Cónclave” o que leí “El loco de Dios en el fin del mundo” de Javier Cercas sobre el viaje a Mongolia del Papa Francisco, o será intervención divina, el caso es que mi percepción sobre la iglesia católica está cambiando.
Esto no significa que volveré a formar parte de ella, pero al menos ya podemos dirigirnos la palabra. Y es que es muy fácil estar en pleito con una religión donde se distinguen la pedofilia, la pederastia y una cuestión de amor-odio por la mujer. Otras religiones están en las mismas o peores por cuestiones similares, pero ninguna cuenta con un personaje como Leo XIV para aclarar e iluminar la posición y argumentos que unen a su congregación.
Lo que más me llama la atención de este hombre no son los seis idiomas que habla ni su manera serena de presentarse ante el mundo; no, lo que me asombra es la clara diferencia que él mismo hace entre Leo XIV jefe máximo de la iglesia católica y, Robert Prevost, el menor de tres hermanos, fan de los Blues Brothers, de los White Sox de Chicago, su ciudad natal, jugador amateur de tenis, mecánico automotriz y carismático hasta más no poder.
El Papa es una figura política muy particular.
Su inmenso poder se debe en parte a las antiguas tradiciones de hace siglos pero sobre todo, creo, a la fe de sus millones de seguidores quienes encuentran en él esperanza y consuelo. Y Leo XIV juega bien su papel. Aunque en teoría es apolítico, busca justicia para los más olvidados y no se queda callado cuando se trata de guerras, abusos y la seriedad que implica el increíblemente rápido desarrollo de la IA. Según leí, supo desde muy joven que dedicaría su vida a Dios y lo que ahora yo veo es a un hombre realizado, haciendo lo mejor que puede considerando las circunstancias de hoy.
Como Papa, es su vocación, obligación y deber promulgar las enseñanzas y filosofía de la Iglesia y para ello también se necesitan un lenguaje y actitud particulares. Como Papa, es su vocación, obligación y deber promulgar las enseñanzas y filosofía de la Iglesia y para ello también se necesitan un lenguaje y actitud particulares. Así, observo sus paseos en el Papamóvil agitando la mano ante las multitudes y con una sonrisa sincera en su rostro, se ve feliz.
¿Cómo no estarlo ante la adoración de sus feligreses? ¿Qué tal ser recibido por reyes, reinas, presidentes y gente importante? ¿Ser homenajeado por donde se pare? En España, por ejemplo, su visita coincidió con el aniversario de la muerte de Gaudí y la inauguración de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia.
En su reciente viaje a Francia, el fin de la reconstrucción de Notre-Dame dio pie a una misa espectacular de la cual el Papa dijo: “Precisamente Notre-Dame, con el drama que ha vivido puede iluminar simbólicamente todo este Viaje apostólico, ofreciendo una clave de lectura que resumiría en una palabra: renacimiento” (Vatican News).
Renacimiento, buena palabra y muy ad hoc. Sus sinónimos, resurrección, resurgimiento, reaparición, renovación. Sus antónimos, decadencia y declive. En enero, en la junta de Davos, Mark Carney, primer ministro de Canadá y el primer político en llamar las cosas por su nombre, proclamó y coincidió en que estamos en medio de una ruptura y no una transición. Una ruptura es confusión, desolación, temor. ¿Renacer? Esperanza.



