La paradoja de Sheinbaum: poderosa al exterior, débil con los aliados

Carente de efectivos operadores, atrapada en sus propios plazos fatales, la presidenta Claudia Sheinbaum bracea por pasar una reforma electoral que amenaza con traducirse en su primer gran fracaso político y uno muy inoportuno. Sin capacidad para negociar, sin decisión para imponer. No deja de ser sorpresivo que la buena racha de la mandataria encalle en un asunto donde habrían sido los partidos aliados de Morena los que den un parón a quien a partir de agosto ha ganado peso político. La presidenta se quitó de encima en el verano a Pablo Gómez, que ni cachaba ni bateaba en la Unidad de Inteligencia Financiera; lo mismo al poderoso fiscal Alejandro Gertz Manero y, nada menor, cambió al coordinador de Morena en el Senado, Adán Augusto López. Con el primer movimiento hizo más fuerte a su hombre leal —el secretario Omar García Harfuch—, con el segundo nombra en la fiscalía general de la República a su incondicional Ernestina Godoy, con el tercero lanza una señal: la cercanía con AMLO no basta. Trío de ases que revolucionaron el inicio del segundo año de Sheinbaum.
A lo anterior se suma que quitó del CIDE al director, acusado de misoginia y plagio, y de la Secretaría de Educación a un cuadro sobreideodélico, lo que hablando de Morena es mucho decir. Si todo lo anterior no bastara, el 22 de febrero en Jalisco un operativo marcó el final de Nemesio Oseguera, El Mencho, temido líder del cartel Nueva Generación. La presidenta ya recoge en las encuestas el reconocimiento por ese logro. La eliminación del capo a manos de las fuerzas armadas mexicanas, que pagaron con casi tres decenas de muertos tal éxito, aporta oxígeno para Sheinbaum en sus difíciles negociaciones en varios frentes con el presidente Donald Trump. Con tal palmarés a cuestas, quién iba a decir que la presidenta arrancaría marzo exhibida como alguien contra la pared por dos organizaciones que, si bien han fungido como aliados, son vagones y para nada locomotoras del obradorismo. Este lunes venció un plazo más de la anunciada reforma electoral. La presidenta desgasta su palabra en promesas que no cumple con respecto a hacer llegar su iniciativa al Congreso. El lunes, inopinadamente, volvió a detener el envío. Parece incomprensible que una mandataria con tablas tanto para lidiar con la Casa Blanca que ha puesto de cabeza al mundo, como para desplazar sin mayor turbulencia a parte de la incómoda herencia de AMLO, luzca sin recursos frente a sus supuestos aliados.
Lo primero a revisar es la comisión a la que encargó la redacción de la iniciativa. Pablo Gómez, cabeza de ese equipo, probó en casa lo que la oposición denunció desde fuera: su rigidez terminó por entregarle a Sheinbaum un regalo envenenado, un proyecto inviable. Otros compañeros de viaje de Gómez no escapan al mismo juicio: qué aportó un Arturo Zaldívar, exministro de inoportunas expresiones mediáticas: este martes fue descalificado por el Partido del Trabajo, que le achacó tal inexperiencia pues ni sabe qué es un regidor. La lista sigue con Jesús Ramírez, el polémico operador de prensa de López Obrador y persona afecta a la proclama, no a la negociación. Y así puede seguirse con el resto de esa comisión, que tras meses de supuestas consultas no lograron nada notable y alejaron a PVEM y PT. En segundo lugar, qué tamaño de responsabilidad asumirá Rosa Icela Rodríguez, la secretaria de Gobernación que ni logra que los Verdes y los del Trabajo se sumen, ni le evita a su jefa el desgaste de lucir impotente a la hora de negociar con dos organizaciones marginales. Y en el orden de las responsabilidades, en qué han ayudado el coordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, más vocal sobre las reservas de los aliados que de las demandas de la presidenta, y la líder del partido mayoritario Luisa María Alcalde.



