En México, poner apodos es una costumbre arraigada. O, mejor dicho, una ciencia que se ejerce con tal naturalidad que a veces parece más importante que el nombre de pila. Donde un acta dice "José", la cuadra dice "El Cremoso"; donde el INE insiste en "María de los Ángeles", el barrio resume en "La Quitahipos". Un apodo es juicio, memoria, burla, homenaje y sentencia, y el ingenio popular nunca falla al encontrar la forma más breve y punzante de describir a alguien.
Cuando esa habilidad se aplica a la clase gobernante se convierte en un retrato impiadoso y, a menudo, más fiel que cualquier biografía. El pueblo resume en dos palabras lo que a los cronistas les toma capítulos enteros, y en ese ejercicio queda retratada la manera en que hemos entendido —y padecido— a quienes han llevado las riendas de este país: "Bomberito", "el Tropapendecuaro", "el Cacas", "el Baboso", "el Pelón Consuelas", "el Enano del Tapanco", "el Mimido".
La tradición viene de lejos: ya entre los mexicas los nombres cargaban descripciones que bien podrían pasar por sobrenombres. Axayácatl significa, literalmente, "Cara de Agua". No se necesita mucho esfuerzo para ganarse el mote en cualquier barrio de la actualidad: uno se lo imagina llorando sin consuelo de recién nacido mientras su padre masculla entre dientes la primera burla al pobre niño chillón.
El primer "güero"
De todos los apodos que circulan en México, pocos tienen tanto arraigo como güero. Lo curioso es que la gran mayoría de los mexicanos no calificamos para el puesto: ser rubio aquí es casi un mito nórdico. Pero eso nunca ha sido impedimento; basta con no tener el tono oficial nacional para que el taquero o el marchante del mercado te suelten el clásico cumplido disfrazado de estrategia de ventas: "¿Qué va a llevar, güero?"
Todas las familias mexicanas tienen un güero. Aunque sea nada más el primo menos moreno de todos. Y quizá esa obsesión con el color tenga raíces más antiguas de lo que pensamos: el primer güero documentado en estas tierras y su participación en la vida pública de este país.
Imaginemos la escena. Un grupo de hombres barbados entra a la gran Tenochtitlan, guiados por sus operadores turísticos: los tlaxcaltecas. Los mexicas, siempre atentos al negocio, sacan sus mejores mercancías: macuahuitles de juguete para los chamacos, molcajetes de piedra volcánica artesanal del Popo, en el pasillo secreto de atrás unas orejas de lo que parece ser un vecino mal portado chichimeca y, por último, unos aretes de jade originales, bendecidos por la Coatlicue.
Entre el tumulto, un vendedor particularmente simpático detecta de inmediato al cliente con más pinta de soltar la cartera: alto, rubio, portentoso, conocido porque tiene una calle que ya no se llama así. Pedro de Alvarado. Y entonces, con la naturalidad del comerciante que sabe olfatear a su presa, le lanza el apodo:
—¡Pásele, Tonatiuh! ¿Qué va a llevar?
Ahí está: el primer güero documentado en estas tierras, bautizado por los propios mexicas. Tonatiuh, el Sol. Bernal Díaz del Castillo, que lo conoció, dejó escrito que era de muy buen cuerpo y bien proporcionado, que tenía "el rostro y cara muy alegre" y "en el mirar muy amoroso", y que por ser tan agraciado los indios le pusieron por nombre Tonatio, que quiere decir sol. Cinco siglos antes de que existiera el casting de Televisa, el físico ya alcanzaba para bautizar a un hombre.
Lo notable no es que le hayan puesto Tonatiuh. Lo notable es que el apodo funcionó, y que sigue funcionando. Donde los mexicas dijeron "sol", nosotros decimos "güero", y no hay mayor diferencia de fondo: en los dos casos, alguien con la piel clara recibe un trato preferente que no pidió, no se ganó y no tiene que devolver. Cambió la palabra, cambió el idioma, cambió el imperio; el mecanismo quedó intacto. Es la herencia más antigua que tenemos.
Hace unas semanas, el mecanismo se volvió a hacer visible en San Pedro Garza García. Un audio atribuido a un empleado del antro Strana advertía que esa noche no iban a entrar personas de piel morena o negra, y con el audio apareció una tabla de colorimetría: una escala de tonos, con sus categorías, para decidir quién pasa y quién no. Siguieron la indignación de rigor, los memes, las notas y el anuncio de revisiones por parte de las autoridades. Y aquí conviene ser justos con el antro: no inventó absolutamente nada. Sólo hizo lo que hacemos todos, pero con papelería. El escándalo no fue el criterio, fue la hoja de cálculo. Estimar a ojo el tono de piel de un desconocido y actuar en consecuencia es una costumbre nacional perfectamente respetable; medirlo con una tabla impresa ya es otra cosa, y no porque sea más racista, sino porque es más difícil de negar.
El mexicano no es víctima de una estructura racista; es el que escribe, imprime y vende las reglas. Nos guste o no, el güero nos cae bien; del moreno desconfiamos. Y no porque alguien nos lo haya enseñado, sino porque así somos desde 1519.
Así que la próxima vez que el taquero, el mesero o el policía de tránsito le diga güero, agradézcalo: es el único título nobiliario que este país entrega sin trámites.



