Este domingo Brasil y México temblaron al mismo tiempo. Porque mientras Lula celebraba su cuarta victoria presidencial en el sur del continente acompañado del fantasma del fraude, en el norte, Guadalupe Taddei anunciaba su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral.
Así pues, dos acontecimientos separados por miles de kilómetros acabaron exhibiendo que las dos mayores potencias de América Latina comparten la fragilidad de la desconfianza democrática.
En Brasil, Lula da Silva obtuvo el 51.7% de los votos frente al 48.2% de Flávio Bolsonaro, quien se niega a reconocer su derrota y pretende anular las elecciones, argumentando que la decisión judicial de ampliar dos horas la votación alteró las elecciones, a pesar de que ambos candidatos habían solicitado una extensión por problemas de transporte y condiciones meteorológicas. El Tribunal Electoral sostiene que la medida no alteró los resultados y, hasta ahora, no existe evidencia acreditada de fraude.
En México, el problema es distinto, pero igualmente delicado. Taddei dejó la presidencia del INE después de revelaciones sobre su relación con empresarios beneficiados por contratos millonarios de materiales electorales. Las investigaciones periodísticas señalan posibles conflictos de interés, triangulación de recursos y una concentración extraordinaria de facultades administrativas. Las responsabilidades todavía deben determinarse, pero las sospechas alcanzan a una institución cuya credibilidad resulta indispensable para la competencia política.
Así pues, lo verdaderamente preocupante no es solamente lo ocurrido este domingo, sino el terreno sobre el que sucedió.
El estudio publicado por Latinobarómetro a principios de este mes, encontró que apenas el 52% de los latinoamericanos considera preferible la democracia a cualquier otra forma de gobierno. Siendo ese porcentaje en México del 45%, y en Brasil, del 41%. Siendo verdaderamente preocupante que, entre 2024 y 2026, el apoyo a la democracia retrocedió en ambos países, y aunque estas cifras son anteriores a los acontecimientos del domingo, revelan que las crisis electorales están ocurriendo sobre un terreno en donde la confianza en la democracia ya mostraba señales de desgaste.
Aquí se revela una contradicción importante. Porque mientras América Latina necesita mayor capacidad política para defender sus intereses internacionales, una parte importante de sus ciudadanos desconfía de sus sistemas democráticos, y esto es lo que da pauta a la dimensión geopolítica.
Porque en un escenario de competencia entre Estados Unidos y China, la polarización interna puede convertirse en una desventaja estratégica, haciendo que los gobiernos dediquen buena parte de su capital político a disputar su legitimidad y tener menos margen para construir consensos, sostener compromisos internacionales y defender políticas de largo plazo.
La disputa, por tanto, trasciende a Lula, Bolsonaro, y Taddei. Dejando claro que no se trata de defender a la izquierda o a la derecha, sino de comprender que las instituciones democráticas son parte de la infraestructura estratégica de un Estado, y esto se traduce en la capacidad de México y Brasil de influir en el equilibrio de poder latinoamericano.
Porque en el siglo XXI no hace falta perder territorio para perder poder. A veces basta con que una sociedad deje de confiar en las instituciones que determinan quién puede ejercerlo.
El último en salir apague la luz.



